
En el inicio de la última década del siglo XIX, la villa de Rivera vivía un intenso trajinar en busca del progreso. Sus primeros pobladores y los que habían llegado con el paso de los años, trabajaban incesantemente por el desarrollo de la misma. Entre ellos se encontraban, uruguayos que habían abandonado el sur de la República para probar suerte en suelo fronterizo, e inmigrantes europeos y sudamericanos que habían dejado sus comarcas, deseosos de un mejor porvenir.
Por esos días la villa era un caserío, en su gran mayoría de terrón y paja, entorno de su principal arteria, la polvorienta calle dr. Ambrosio Velazco, actual avenida Sarandí, que se extendía de norte a sur desde el Arenal, lugar en donde hoy está emplazado el Parque Internacional, hasta la plaza General Flores, terreno baldío limitado por cinco hilos de alambre. Al noroeste, casi sobre la frontera y separada del centro por un inmenso terreno desolado, se encontraba Rivera Chica, minúsculo centro poblado, cuna de la vieja villa de Ceballos.
Las noticias circulaban en 1890, en tres periódicos: “El Defensor” cuyo regente era Francisco Gómez; “El Partido Colorado” dirigido por Agustín Ortega; y “La Tijera”.
La eminente llegada del ferrocarril a la frontera era uno de los temas que más cautivaba a la población, pues desde 1886 estaba aprobada la continuación de la línea férrea hasta Rivera, que con la inauguración del puente metálico de 765,75 metros sobre el Río Negro el 6 de enero de 1887, parecía estar muy cerca.
El 1º de mayo de 1891 las pesadas máquinas a vapor llegaron a San Fructuoso, capital del departamento de Tacuarembó, y finalmente, el 4 de febrero de 1892 irrumpieron el horizonte fronterizo al habilitarse las líneas férreas desde la estación del Paso Tranqueras a Rivera. El progreso había llegado. La joven villa pronto dejaría de ser un caserío desordenado en los confines de la República, transformándose en un importante nexo comercial entre Uruguay y Brasil.
Entre 1891 y 1895, la población de Rivera creció vertiginosamente. De los menos de 2000 habitantes que había en la villa en 1890, se pasó a 5489 en 1895, según el censo de la Jefatura Política. De esos 5489, 2911 vivían en la planta urbana, al tiempo que 2105 vecinos residían en la suburbana y 473 en Rivera Chica.
Consiguientemente, Rivera también sufrió grandes cambios en materia edilicia. Muchos de ellos, provocados por el arribo de inversionistas que se disputaron los desérticos terrenos que estaban entre el centro de la villa y la estación de ferrocarriles.
El hospital (1893), el fonógrafo (1893), la biblioteca (1895), el Centro Social (1895), la red telefónica (1896), el teatro (1896), el Centro Comercial e Industrial (1897), el Banco de la República (1897), el cuartel (1898), la fuerza urbana (1898), el Club Uruguay (1898), la sociedad de Beneficiencia (1899) y el alumbrado público (1900), fueron algunos de los adelantos que hicieron de Rivera una floreciente localidad.
Pero no todo fueron flores en esos ocho años posteriores a la llegada del ferrocarril. Las luchas armadas y las epidemias en uno u otro lado de la frontera estuvieron a la orden del día.
En 1893 se inició la revolución en Rio Grande, chocando en los campos de batallas, republicanos y federalistas riograndenses. En febrero parte del ejército revolucionario, perteneciente a las fuerzas federalistas, invadió y sitió a Sant’ Ana do Livramento. Todo lo hizo por suelo riverense. Hacían parte del ejército revolucionario muchos uruguayos, siendo gran parte de ellos del departamento de San José, por lo cual los republicanos pasaron a llamar maragatos a los federalistas. En agosto, precisamente el 25, fecha patria, Rivera fue invadida y saqueada por fuerzas legales del Brasil. El degüello y otras alevosías eran prácticamente deportes en esos días.
A mediados de abril de 1894, epidemias de tifus y viruela azotaron a los pobladores de la frontera, registrándose muchos casos fatales.
En 1896 la frontera fue cerrada con un estricto cordón sanitario como forma de prevención a la terrible epidemia de cólera que castigaba a todo el Río de la Plata. Por las noches algunos pobladores que tenían parientes del otro lado de la frontera, intercambiaban balas con el personal del Regimiento 4º de Caballería y con el del Batallón 18º de Infantería, quienes estaban apostados en la “línea” formando la barrera sanitaria. En octubre de ese año, el presidente de la República, Juan Indarte Borba, visitó la villa.

El 20 de mayo y el 19 de agosto de 1897, Rivera fue invadida por el ejército revolucionario blanco. En ambas ocasiones, muchas familias se refugiaron en Sant’ Ana do Livramento. El 2 de agosto había sido ocupada por fuerzas legales.
Posteriormente a la brutal batalla de Cerros Blancos el 14 de mayo de 1897, el revolucionario saravista, Florencio Sánchez, editó en Rivera el periódico “El Combate”, escrito a puño y letra.
En la madrugada del 27 de agosto de 1897, el periódico brasileño, editado en Rivera, “O Canabarro”, tuvo su imprenta empastelada, posiblemente por quince hombres pertenecientes al ejército revolucionario blanco.
El comercio legal de la villa estaba fuertemente ligado con las capitales de los departamentos de Paysandú, Salto y Tacuarembó. Pesadas carretas y coquetas diligencias llegaban y partían a esos tres sitios trayendo y llevando géneros de los más diversos tipos. De igual forma, llegaban visitantes que prontamente seducidos por la frontera hacían de ella su nueva morada.
Las actividades clandestinas con el vecino país hacían parte del cotidiano riverense. Era muy común que en las noches sin luna, la aduana intercambiara tiros con carreteros que intentaban pasar, a uno u otro lado de la “línea”, contrabandos de cueros y carnes u otros artículos.
Los escasos cafés del centro eran locales de diversión, debates e información. En ellos se platicaba sobre los acontecimientos políticos, sociales, culturales y sobre todo aquello que estuviese relacionado con el día a día de la villa.

Pese a todos los conflictos por los cuales pasó la frontera en la última década del siglo XIX, Rivera no dejó de evolucionar. Indudablemente el ferrocarril había cambiado radicalmente el día a día de los riverenses y era el gran responsable de las continuas transformaciones en la villa. Los viajes a Montevideo la mantenían en constante comunicación con los últimos acontecimientos de la capital.
I.ii. El juego sin fundamentos de los ingleses locos
Entre los tantos pasajeros del ferrocarril que llegaron a Rivera, en fecha no precisa, el foot-ball, también conocido como el deporte de la pelota inglesa, fue uno de ellos.
El deporte inglés que comenzaba a causar furor entre la juventud montevideana pudo haber llegado a través de los empleados capitalinos de la línea Montevideo-Rivera que transitoriamente venían a la villa y, que tal vez en sus momentos de ocio, disputaran algún improvisado partido en los alrededores de la estación ante algunas atónitas miradas; o mediante algún viajero conocedor de sus reglas y que entre su equipaje se encontrara una pelota.
No existen documentos que registren el momento exacto del comienzo de la práctica del fútbol en Rivera. Lo cierto es que entre 1892, año en que comenzaron las idas y venidas de los trenes, y 1902, año en que apareció la primera información sobre un partido de fútbol en un medio de prensa riverense, el viril sport, como también era conocido, echó raíces en la frontera.
En Montevideo el foot-ball había llegado con los ingleses allá por fines de la década del ’60 del siglo XIX. Los clubes Montevideo Cricket Club (1861) y Montevideo Rowing Club (1874) y los colegios The English High School (1874) y The British School (1885) fueron los primeros en adoptar la práctica. Los primeros partidos se jugaban en la zona de La Blanqueada, en el terreno que hoy ocupa el Hospital Militar, y en los alrededores del faro de Punta de las Carretas. Muchos de esos primeros enfrentamientos fueron ante equipos conformados por marineros británicos que tenían sus barcos anclados en las costas montevideanas.
Hasta 1890, el fútbol era patrimonio casi exclusivo de los ingleses y de sus descendientes. Su acriollamiento comenzó el 1º de junio de 1891 con la fundación del Foot-Ball Association que posteriormente se denominó The Albion Foot-Ball Club. Pero ante la decisión de sus directivos, en 1895, de aceptar algunos ingleses en sus filas, sus cimientos criollos tambalearon sensiblemente.
Gracias a las empresas de los ferrocarriles y tranvías a caballos, el deporte comenzó a popularizarse rápidamente. Los ingleses de las oficinas de la Central Uruguay Railway (*) de la villa Peñarol, fundaron el 28 de setiembre de 1891 el aurinegro Central Uruguay Railway Cricket Club. Si bien el club nació con la finalidad de practicar y divulgar el cricket, la práctica del fútbol surgió de manera natural entre sus asociados.
A partir de 1896 el fútbol comenzó a dispersarse por las distintas zonas de Montevideo. Entre ese año y 1899 surgieron el Deustcher Fuss-Ball Klub Montevideo, el Victoria, el American que en seguida se convirtió en el Uruguay Athletic Club, el Artigas, el Club Defensa, el Platense, el Uruguay Athletic, el Montevideo Football Club y el Universitario Football Club.

El 14 de mayo de 1899 el Uruguay Athletic y el Montevideo se fusionaron y concibieron al Club Nacional de Football, criollo de cepa que nació con notorias pretensiones de pelearle a los ingleses la hegemonía futbolera. Al año siguiente el Defensa fue absorbido por el Nacional.

Con un significativo número de clubes organizados y que mantenían una práctica fluida del fútbol, el 30 de marzo de 1900 se fundó la “británica” The Uruguay Association Football League, de la cual formaron parte el Albion, el CURCC (**), el Deustcher y el Uruguay Athletic (ex American). Los ferrocarrileros del CURCC se adueñaron de la primera Copa Uruguaya. Al año siguiente el Nacional de los formidables hermanos Céspedes se sumó a la League y en 1902 conquistó su primer campeonato.
Con las vías férreas esparcidas por la República, el fútbol comenzó su ex-pansión y conquistó rápidamente a pueblos y villas del interior uruguayo, teniendo como principal soporte a las noticias que aparecían en los periódicos ca-pitalinos, referidas a los partidos por la Copa Uruguaya y a los repetidos enfrentamientos entre uruguayos y argentinos en ambas márgenes del Río de la Plata. En todas las localidades a las que arribó, fue recibido como el sport “sin fundamentos” de los “ingleses locos”.
I.iii. El indocumentado período organizativo del fútbol
Así como hoy es prácticamente imposible determinar con exactitud en qué momento y de qué manera llegó el fútbol a los baldíos riverenses, también es prácticamente imposible realizar una descripción cien por cien verosímil de sus primeros pasos en la frontera. De la misma manera que el sentido común nos hace sospechar que el fútbol descendió de algún vagón llegado de Montevideo, debemos suponer que sus primeras andanzas en algún descampado terreno hayan causado asombro entre los vecinos de la villa.
Tal como aconteció en muchas otras localidades del interior uruguayo, seguramente antes de que fuera aceptado por gran parte de la población, el fútbol haya sufrido el rechazo de aquellos que lo consideraban un juego bruto y “sin fundamentos”... “cosa‘e extranjis” (***).
La práctica del fútbol a fines del siglo XIX y principios del XX no era algo para cualquier persona. El uniforme y los zapatos especiales tenían precios elevados, y las pelotas, importadas de Inglaterra, costaban una fortuna. Era un deporte absolutamente elitista, estaba reservado a los hijos de los grandes comerciantes, de los políticos y de los profesionales. Sus orígenes en los clubes de la alta sociedad montevideana y en los colegios privados así lo determinaban. En Rivera, los acontecimientos no habrán sido muy diferentes, los hijos de las grandes personalidades locales posiblemente hayan sido los responsables de diseminar el fútbol por la villa. Eran ellos los que poseían el dinero para comprar todo lo necesario para disputar un partido, y eran ellos los que tenían acceso a las informaciones de los acontecimientos futbolísticos en Montevideo. Todo esto acompañado, tal vez, por algún partido de exhibición realizado por los empleados de la empresa ferrocarrilera que temporalmente se encontraban en Rivera y que practicaban el deporte con asiduidad en Montevideo.
De una extrañeza y rechazo inicial a una paulatina adopción por los niños y jóvenes prestigiosos de la villa, el fútbol fue arrojando raíces en la floreciente Rivera.
I.iv. Alejandro G. de Carlos y la Escuela Elemental
La Escuela Elemental fue el primer centro educativo privado de Rivera. Fundada a mediados de la última década del siglo XIX por el educador español Alejandro Gerardo de Carlos, congregó en sus salones a los hijos de las principales familias de la villa, que no se sentían plenamente satisfechos con la enseñanza pública.
Si señalamos anteriormente que en los albores del fútbol riverense, la práctica estaba destinada únicamente a los jóvenes provenientes de las castas adineradas, debemos señalar que eventualmente la Escuela Elemental haya sido uno de los lugares en donde el juego se difundió.
Con el paso de los años, de Carlos se transformaría en uno de los principales periodistas de Rivera. Después de colaborar con algunas publicaciones riverenses, fundaría y dirigiría el periódico “El Comercio”, importante promotor del fútbol riverense.
(*) Ferrocarril Central del Uruguay. Desde 1884 la empresa ferrocarrilera estaba en manos de los ingleses.
(**) Central Uruguay Railway Cricket Club.
(***) Cosa de extranjeros.